El hombre cebolla

El hombre cebolla

Trabajaba para una gran empresa de telefonía, os aseguro que la conocéis.
Esta empresa recientemente tenía una política de cero barreras y la totalidad de la gigante oficina no tenía cubículos ni espacios que delimitaran un departamento de otro, rollito Google, por lo que las 500 personas de una misma planta digamos que estaban en la misma sala.
Llevaba dos meses allí y todavía estaba en esa fase en la que debes demostrar que eres válido y quedar bien con tus compañeros.

Bien, pues un dia random de mucho frío en mi casa, ventanas cerradas, me levanto como siempre muy temprano en la mañana y me empiezo a preparar el tupper de comida que me llevaba a la oficina, saco una cebolla ya abierta de la nevera que tenía en un recipiente desde hacía dos días y la meto en la sartén para después meterla en el tupper del trabajo. A esto, hay que añadir que soy alérgico y muchos días me levanto con la nariz ultra tapada teniendo que respirar por la boca y por supuesto, no huelo absolutamente nada.

Me pongo el abrigo, cojo mi moto, llego al trabajo, subo al décimo piso y cuando me quito el abrigo, lo dejo en la taquilla y voy caminando por la oficina para llegar a mi puesto (recordemos que este recorrido es completamente diáfano y vas pasando uno a uno por cada grupo de mesas).

No os imagináis lo que es avanzar por una multitud de gente y que todos a tu paso vayan levantando la cabeza, se vayan llevando las manos a la nariz, se pongan de pie y huyan despavoridos…. Cuando me dí cuenta, miré para detrás y aquello parecía un ataque de Napalm, una granada de gas lacrimógeno que hacía que literalmente cientos de personas abandonaran su puesto de trabajo importándoles una mierda quien estuviera delante y luchando por su vida.
Lo que allí se formó no tenía antecedentes, gente corriendo en tacones, dando palmadas en la espalda del compañero que odiaban y encerrándose en las dos únicas salas que tenían cristales a modo de pared.
Si en ese momento hubiera podido prenderme fuego a mi mismo, creedme que hubiera sido la mejor opción. Este ataque químico que había hecho el nuevo, sirvió para debate las dos siguientes semanas. Yo confesé el crimen involuntario, pero a día de hoy, sigo si entender el proceso químico se dio en aquella sartén y en aquella cebolla.

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