Recuerdos de semana santa

Recuerdos de semana santa

Buenas tardes.

Esta historia transcurre en el 2007, justo antes de tirar la toalla
con la carrera universitaria:
El sexo sin protección de la época se tradujo en la primera y espero
que única infección urinaria de mi vida, que como dicen algunas mujeres,
es peor que parir -Tom Hanks lo definió como ‘mear cuchillas de afeitar al rojo’ … y no se alejó demasiado- La cosa se puso tan fea, que al final decidí
irme al pueblo, a pasar el trance en casa de mis padres.

Una mañana especialmente mala, renqueaba a duras penas por la casa,
sintiendo unas punzadas bien jodidas en ese lugar noble, que en un mundo ideal, en un universo justo, debería permanecer sin macula alguna hasta el día
de nuestra muerte; la uretra.
La sensación como de arañazos en el nacimiento del conducto se había intensificado hasta un punto de locura tal, que a veces incluso soltaba
una carcajada bastante rarita, y en un puro éxtasis de dolor, intenté
auscultarme yo mismo, a ver qué carajo pasaba por ahí, y al no tener un espejo exploratorio de esos que las madres guays recomiendan, hice lo mejor que pude; encogerme y doblarme sobre mí mismo cual langostino, en una postura cercana
a la autofelación aprovechando la claridad matinal que inundaba la habitación, para intentar vislumbrar algo ahí dentro.

Pues bien, completamente enajenado por el sufrimiento, olvidé,
quizá por un segundo, que el origen de ese potente foco de luz natural
provenía del amplio ventanal que da a la calle principal del pueblo
(la del ayuntamiento, sí). Cuando logre componerme y volver en mí,
segundos después, ya era tarde para reflexionar… Levante lenta, tímidamente
la vista para descubrir que justo enfrente, en el zaguán del bloque
donde vive el alcalde, estaba la señora que les limpia las escaleras,
que me devolvía la mirada, muy muy horrorizada ella.

Lo que me parece en cierto modo hermoso de esta historia, fue mi reacción
refleja o cuasi subconsciente del momento. En contra de todo pronostico,
lejos de hacer un moonwalk y desvanecerme en las umbras como un Nosferatu bastante avergonzado, le dedique un gesto desafiante. Indignado más bien.
Fue aquella tarde, que entendí el por qué:
No era yo un puto enfermo que le enseñara el nabo a la limpiadora del alcalde, no…. QUÉ COÑO!! En todo caso puta enferma ella, que con su rango de visión había invadido sin pudor de ninguna clase el salón comedor de mis padres!
Puto Sancta Sanctorum de la casa de mis viejos!!!

‘… hija – de – puta …’ mascullé por lo bajini aquella tarde gris
de miércoles santo. Me sentí muy violado. Ella no llamo nunca, ni nada. Fin.

Buenas noches.

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